40. APOSTOLADO. Óleo sobre lienzo. Finales del siglo XVII- Principios del siglo XVIII

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Estamos ante una colección de 14 lienzos. Representan a los doce apóstoles, Cristo Salvador y la Virgen. Entre ellos no encontramos a Judas Iscariote: ocupa su lugar San Matías.

San Bartolomé. Museo Diocesano de Barbastro-Monzón

San Bartolomé. Museo Diocesano de Barbastro-Monzón

Desconocemos quién es su autor, aunque en el lienzo que representa a San Bartolomé, en el filo del cuchillo, dejó escritas sus iniciales: A R.

Deteniéndonos en la observación individualizada de los lienzos no nos será difícil observar varias manos, pues en su ejecución hubo una amplia participación de los miembros del taller.

Sin embargo, los lienzos del Salvador, de la Virgen y de San Juan son sin duda obra del maestro, quien por contrato, se debió obligar a realizarlos de su propia mano.

Proceden del monasterio de San Victorián y fueron pintados a finales del siglo XVII o principios del XVIII.

Esta colección es un buen ejemplo de la nueva teoría de la imagen religiosa que se impuso tras el Concilio de Trento y que daría paso al barroco. Tras la reforma protestante de Lutero, la Iglesia Católica reaccionó: entre los nuevos postulados de la Contrareforma se establecerán de forma muy precisa, todas las pautas por las que los artistas se deben regir a la hora de representar con decoro las imágenes religiosas. Hay que conmover, mover a devoción, hacer accesible la comprensión del misterio religioso, aproximando lo sagrado a lo cotidiano y haciendo protagonistas de la historia sagrada a personas corrientes, modelos reales y no figuras idealizadas, para mostrar así que cualquiera puede ser objeto del milagro y de la revelación.

Sólo hay tres excepciones: las figuras del Salvador, de la Virgen y de San Juan Evangelista, que responden a prototipos idealizados y muestran expresiones y gestos retóricos y teatrales, con bocas entreabiertas y miradas alzadas hacia el cielo. Sin duda, impusieron al maestro que tomara como referencia determinados modelos.

Se trata de medias figuras, que a diferencia de las de cuerpo entero, se aproximan al espectador, y adquieren mayor corporeidad.

La luz, que viene de fuera del cuadro, incide potentemente sobre rostros, manos y ropajes y saca las figuras con rotundidad de ese fondo neutro y oscuro, que no llama nuestra atención. En la figura de Cristo, además de este tratamiento retórico y teatral de la luz, que nos deja ver unas cosas y esconde otras, observamos la presencia de la luz divina y sobrenatural, que emana de la propia figura.

Por último y a fin de conectar el espacio pictórico con el del espectador, observamos que los brazos, los objetos, la bola del mundo que sostiene el Salvador salen del cuadro en violentos escorzos y trampantojos y penetran en nuestro espacio, rompiendo la barrera entre lo real y lo ficticio, creando una ilusión, confundiéndonos, tal y como propone el estilo barroco.

Arriba aparece escrito su nombre y debajo una inscripción en cada uno de ellos. Si empezados a leer por el primero, San Pedro, podríamos leer el Credo completo, en latín, claro…

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