39. RETABLOS DE FANLO Y BUISÁN. Siglo XVI.

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Entre estas piezas encontramos muchas de las que conforman un retablo.

Proceden de las localidades de Fanlo y Buisán, separadas apenas 3 kilómetros y situadas en las inmediaciones del parque Nacional de Ordesa y Monteperdido. Fueron realizadas en el primer cuarto del siglo XVI y sus semejanzas estilísticas son evidentes, pues sin duda, fueron encargadas al mismo taller.

Fragmentos de retablos. Museo Diocesano de Barbastro-Monzón

Fragmentos de retablos. Museo Diocesano de Barbastro-Monzón

Las piezas alargadas (hay 4 en total) corresponden a la polsera, nombre que en Aragón se le da al guardapolvo de un retablo.

Es un estrecho marco cuya función es protegerlo de la suciedad. Suele decorarse con temas heráldicos, en este caso las barras de Aragón, y personajes puestos en pie, cuya representación se adapta al escaso espacio pictórico disponible. Aquí se trata de ángeles y santos, con los atributos que facilitaban su identificación. No se conservan muchas polseras de retablo, dado que es la pieza más vulnerable al ser trasladado o desmontado.

De izquierda a derecha y de arriba abajo vemos a Santa Quiteria, abogada contra la rabia; a San Lorenzo, tonsurado, vestido con dalmática, portando un libro y la parrilla, alusiva a su tormento en las brasas; a Santa Lucía, con los ojos en una bandeja, abogada contra los males de la vista; y a San Juan Bautista, vestido con una piel de camello que conserva la cabeza del animal. San Miguel lucha contra el demonio y debajo, de nuevo encontramos a Santa Lucía. Santa Apolonia porta una tenaza con un diente, en referencia a su tormento. Finalmente, aparece San Sebastián, vestido como un caballero joven equipado para la caza, con un arco y una flecha en la mano, de acuerdo con un modelo que se generaliza en la pintura aragonesa de los siglos XV y XVI.

La parte inferior del retablo, bajo el cuerpo del mismo, es el banco o predela. Se trata de una pieza alargada en sentido horizontal, compartimentada en casas impares.

Frecuentemente cada casa la ocupa la imagen de un santo con su atributo. De izquierda a derecha vemos a San Pedro, con la llave; Santa Bárbara con la torre, el cuchillo y la palma del martirio; Santa María Magdalena lleva el pomo de perfumes, recuerdo del que derramó sobre los pies de Cristo; Santa Catalina, con la rueda de su tortura y la espada con que fue decapitada; y Santiago, con el sombrero y el bordón de peregrino.

En el centro está el sagrario, con la figura de Cristo Varón de dolores, con la Virgen y San Juan, conformando un Calvario. A la derecha vemos otra predela en cuya casa central observamos una variante de la misma iconografía: en esta ocasión, Cristo sale del sepulcro ayudado por un ángel. Las restantes de izquierda a derecha representan a San Sebastián, Santa Catalina, Santa Bárbara y San Antonio Abad.

En esta pintura todavía se aprecian ecos de la tradición gótica:

los nimbos dorados, los gofrados o estucos dorados en relieve y los paños de brocado con grandes dibujos adamascados con aplicaciones de oro que cuelgan tras las figura. La riqueza de las vestiduras acentúa la suntuosidad característica de la pintura aragonesa de esta época.

En la parte superior, el retablo se corona con un dosel, realizado a principios del siglo XVI y extraordinario en cuanto a su forma y decoración.

Representa el momento más dramático de la Última Cena, cuando Cristo anuncia que uno de sus discípulos le va a traicionar. Su figura centra la composición y bajo ella se lee: “UNUS VESTRUM ME TRADITURUS”.

A su alrededor se disponen los apóstoles, en grupos de tres en tres, mostrando diversas reacciones: espanto, sorpresa, indignación, inquietud… Pero Cristo no tiene ningún tipo de relación, ni física ni psicológica con los demás personajes. Está solo y lo que el pintor trata de mostrar es precisamente su terrible soledad. El primero en representar la soledad de Cristo de este modo tan dramático es Leonardo Da Vinci y ese es el modelo iconográfico de esta representación.

El fondo de la escena es un cielo estrellado. Las estrellas adheridas a la superficie son aplicaciones metálicas trabajadas en relieve y rellenas con una masilla de tipo resinoso.

EL PAPEL DE LOS SANTOS

Los santos, como puente entre el Cielo y la Tierra, adquirieron una gran relevancia para los creyentes y los mártires gozaron de un prestigio especial. Eran figuras ejemplares que con valentía habían afrontado las más extraordinarias vejaciones y los más crueles tormentos hasta la muerte, dando con ella testimonio de su fe.

“Por su poder, méritos y preces se perdonan los débitos a los pecadores, se curan los enfermos, los ciegos se iluminan, los cojos se levantan y los desconsolados se consuelan. Sus reliquias veneran las personas piadosas ofreciendo votos. Estos son los que están ante Dios, que oran noche y día para que los pecadores merezcan el perdón. Nadie sabe que haya mejores intercesores que éstos. Y lo que se pide a Dios por mediación de ellos, todo se concederá con el favor de Dios, que no tiene límites” Codex Calixtinus, Libro I Capítulo XVII

Los fieles veían en los santos a sus amigos y protectores y éstos estaban presentes en todos los aspectos de su vida cotidiana.

Cada ciudad se ponía bajo la protección de un santo patrón y también cada persona, desde su nacimiento, en el mismo momento de recibir un nombre; ya adulta, en el desempeño de su trabajo, determinados santos velarían por su gremio o cofradía; si caía enferma, podría solicitar la intercesión de algunos santos especialmente eficaces según el caso.

La semana y los meses venían marcados por el santoral y por las numerosas fiestas de guardar establecidas por la Iglesia medieval. Como testimonio de aquella forma de señalar el tiempo quedan los refranes: «Por San Blas, la cigüeña verás», «A todo cerdo le llega su San Martín», «Lluvia por San Juan, quita vino y no da pan», «Santa Bárbara bendita, trae el sol y el trueno quita». A propósito de santa Bárbara: es protectora contra las dañinas tormentas, dado que quien la ejecutó fue herido por un rayo.

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